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Fran Pino, un vigués de 29 años, trabaja como técnico de calidad en la PSA Peugeot Citröen. Pero tiene un universo paralelo: desde los 18 años se refugia en las fantasías de la banda diseñada japonesa. Es un hijo del manga.


En Vigo hay muchos como él. En 1999 decidieron formar la asociación Ippon -nombre de una llave de judo que puede sentenciar un combate-. A través de ella comparten su pasión. La mayoría son adolescentes y conforman una subcultura urbana lúdica y exótica.


La diferencia del que sucede con los cómics de otras tradiciones, los aficionados al manga prolongan su curiosidad a todos los aspectos de la cultura del país de origen. Muchos socios de Ippon estudian japonés o practican artes marciales.